lunes, octubre 27, 2003

(Inicio de Cuento)

A la abuela Antonia Navarrete le gustaba mirar el cielo a la hora en que parece mermelada de chabacano. Se le antojaba para untarlo en el pan de la cena y disfrutarlo despacito, a mordidas desordenadas, con ese placer que sólo sienten los hombres y las malas mujeres. Placer de pecado.
Afortunadamente, el momento del antojo coincidía con el respiro silencioso de la casa: las hijas en sus juegos de muñecas y el marido en sus asuntos. La abuela Antonia entonces, sacaba del comedor su silla favorita y la ponía en el corredor de las macetas con geranios, justo en el punto que todavía tocaba el sol. Dejaba en el suelo la canasta de la labor y con toda la serenidad de sus treinta años, se sentaba dirigiendo la mirada hacia arriba. Su pedacito de cielo se colaba a duras penas por el perfecto cuadrado que escapó al adobe y que permitía además, el paso de la lluvia, el aire y la luz necesarias –pero nunca suficientes-, para el crecimiento de los geranios.
Dos minutos regodeándose en ese placer, habían sido durante quince años la compensación de la jornada del día. Levantarse a las cinco y media con el esforzado canto del gallo afónico, para preparar el desayuno de Tarcisio Navarrete, su marido: el té de canela siempre demasiado caliente o demasiado frío, los huevos nunca lo suficientemente cocidos y eternamente salados, las tortillas quemadas y el plato de barro despostillado y mal lavado. Tarcisio terminaba el desayuno en un desorden de utensilios rotos, comida tirada, escupitajos verdes y alaridos con respuesta de silencio. La abuela tardaba un buen rato en recoger la cocina y después seguía por toda la casa limpiando, lavando, alimentando animales, cocinando, tallando, evitando peleas infantiles, amamantando críos, barriendo, sonando mocos, curando heridas con saliva, haciendo tortillas y desgranando maíz. Todo en silente perfección. Ritual doméstico vuelto a repetir en cuanto Tarcisio Navarrete regresaba del campo y exigía una sopa caliente a las dos de la tarde.
De modo que sus dos minutos y el cielo de mermelada eran en realidad, poco pago para esos quince años. El dulce chabacano se volvía amargo en el momento en que las golondrinas entraban a sus nidos en el corredor.

CONTINUARÁ....

sábado, octubre 04, 2003

Entiéndelo. No quiero que seas la luz inmensa que ilumine mis tinieblas. No necesito tampoco, que pregones las buenas nuevas.
Lo que yo deseo tan sólo, es una burda vela.