(Inicio de Cuento)
A la abuela Antonia Navarrete le gustaba mirar el cielo a la hora en que parece mermelada de chabacano. Se le antojaba para untarlo en el pan de la cena y disfrutarlo despacito, a mordidas desordenadas, con ese placer que sólo sienten los hombres y las malas mujeres. Placer de pecado.
Afortunadamente, el momento del antojo coincidía con el respiro silencioso de la casa: las hijas en sus juegos de muñecas y el marido en sus asuntos. La abuela Antonia entonces, sacaba del comedor su silla favorita y la ponía en el corredor de las macetas con geranios, justo en el punto que todavía tocaba el sol. Dejaba en el suelo la canasta de la labor y con toda la serenidad de sus treinta años, se sentaba dirigiendo la mirada hacia arriba. Su pedacito de cielo se colaba a duras penas por el perfecto cuadrado que escapó al adobe y que permitía además, el paso de la lluvia, el aire y la luz necesarias –pero nunca suficientes-, para el crecimiento de los geranios.
Dos minutos regodeándose en ese placer, habían sido durante quince años la compensación de la jornada del día. Levantarse a las cinco y media con el esforzado canto del gallo afónico, para preparar el desayuno de Tarcisio Navarrete, su marido: el té de canela siempre demasiado caliente o demasiado frío, los huevos nunca lo suficientemente cocidos y eternamente salados, las tortillas quemadas y el plato de barro despostillado y mal lavado. Tarcisio terminaba el desayuno en un desorden de utensilios rotos, comida tirada, escupitajos verdes y alaridos con respuesta de silencio. La abuela tardaba un buen rato en recoger la cocina y después seguía por toda la casa limpiando, lavando, alimentando animales, cocinando, tallando, evitando peleas infantiles, amamantando críos, barriendo, sonando mocos, curando heridas con saliva, haciendo tortillas y desgranando maíz. Todo en silente perfección. Ritual doméstico vuelto a repetir en cuanto Tarcisio Navarrete regresaba del campo y exigía una sopa caliente a las dos de la tarde.
De modo que sus dos minutos y el cielo de mermelada eran en realidad, poco pago para esos quince años. El dulce chabacano se volvía amargo en el momento en que las golondrinas entraban a sus nidos en el corredor.
CONTINUARÁ....
Afortunadamente, el momento del antojo coincidía con el respiro silencioso de la casa: las hijas en sus juegos de muñecas y el marido en sus asuntos. La abuela Antonia entonces, sacaba del comedor su silla favorita y la ponía en el corredor de las macetas con geranios, justo en el punto que todavía tocaba el sol. Dejaba en el suelo la canasta de la labor y con toda la serenidad de sus treinta años, se sentaba dirigiendo la mirada hacia arriba. Su pedacito de cielo se colaba a duras penas por el perfecto cuadrado que escapó al adobe y que permitía además, el paso de la lluvia, el aire y la luz necesarias –pero nunca suficientes-, para el crecimiento de los geranios.
Dos minutos regodeándose en ese placer, habían sido durante quince años la compensación de la jornada del día. Levantarse a las cinco y media con el esforzado canto del gallo afónico, para preparar el desayuno de Tarcisio Navarrete, su marido: el té de canela siempre demasiado caliente o demasiado frío, los huevos nunca lo suficientemente cocidos y eternamente salados, las tortillas quemadas y el plato de barro despostillado y mal lavado. Tarcisio terminaba el desayuno en un desorden de utensilios rotos, comida tirada, escupitajos verdes y alaridos con respuesta de silencio. La abuela tardaba un buen rato en recoger la cocina y después seguía por toda la casa limpiando, lavando, alimentando animales, cocinando, tallando, evitando peleas infantiles, amamantando críos, barriendo, sonando mocos, curando heridas con saliva, haciendo tortillas y desgranando maíz. Todo en silente perfección. Ritual doméstico vuelto a repetir en cuanto Tarcisio Navarrete regresaba del campo y exigía una sopa caliente a las dos de la tarde.
De modo que sus dos minutos y el cielo de mermelada eran en realidad, poco pago para esos quince años. El dulce chabacano se volvía amargo en el momento en que las golondrinas entraban a sus nidos en el corredor.
CONTINUARÁ....





