El tren avanzó y los automóviles, a punto de atravesar la vía, tuvieron que detenerse. Yo estaba sentada en el interior de un autobús urbano y, mirando por la ventana, presencié el espectáculo.
Uno, dos, cinco, diez. Conté dieciocho vagones y el tren se detuvo. El conductor del camión de plano apagó el motor, la fila de automóviles esperando entrar a la ciudad iba creciendo.
Otra vez el ferrocarril se movió, pero ahora de regreso. A mi alrededor crecían los comentarios acerca de este ejercicio infame. La prisa por llegar a una cita, los frijoles que se van a quemar, hay que cambiarle el pañal al niño, mi marido me va a matar y este pinche tren que no se apura.
Los mismos dieciocho vagones de regreso y el maquinista apareció en acción para volver a detenerse. De una camioneta negra estacionada al lado del camión en el que yo viajaba (si se le puede llamar así) se bajó enfurecida una señora gorda y con las uñas pintadas de rosa, a mentarle la madre al ferrocarrilero. La respuesta inmediata fue encencer los motores y avanzar en la dirección original. Esta vez pasaron veintiún vagones y sí; se detuvo otra vez.
A estas alturas la fila de vehículos era kilométrica. Cada quien haciendo sonar su claxon. Un bramido particular. Una barrera en la entrada de la ciudad. Desesperación.
Un motociclista sorteó el embotellamiento sólo para irse a parar, impotente, delante de los vagones detenenidos.
Y de nuevo, el ferrocarril regresando. Que se decida, ¿o va o viene?
En toda la historia de mis inmersiones y viajes camioneros, nunca me había tocado ver el tráfico entorpecido por los movimientos intempestivos de un tren en desuso. Pero me dieron ganas de que el ejercicio se repitiera ad inifinitum. Que el tren avanzara, se detuviera, regresara, se detuviera, volviera a avanzar, se detuviera...... Que lo hiciera siempre así para no tener que preocuparnos de otra cosa. Que la cita no importara, los frijoles se tatemaran, el niño no cagara y ningún marido se convirtiera en asesino. O que la señora gorda de las uñas rosas lo tomara de buena gana y se durmiera en el asiento trasero de su camionetota.
Pero no fue así. El ferrocarril despejó el área, hizo un poco de ejercicio. Todos encendieron sus motores, el camionero hizo rugir su máquina y avanzó como loco para llegar a Lerdo. El motociclista les ganó a todos, y la señora gorda segurito se rompió una uña por encender tan rápido su camioneta.
Y aquí vamos de nuevo.
Uno, dos, cinco, diez. Conté dieciocho vagones y el tren se detuvo. El conductor del camión de plano apagó el motor, la fila de automóviles esperando entrar a la ciudad iba creciendo.
Otra vez el ferrocarril se movió, pero ahora de regreso. A mi alrededor crecían los comentarios acerca de este ejercicio infame. La prisa por llegar a una cita, los frijoles que se van a quemar, hay que cambiarle el pañal al niño, mi marido me va a matar y este pinche tren que no se apura.
Los mismos dieciocho vagones de regreso y el maquinista apareció en acción para volver a detenerse. De una camioneta negra estacionada al lado del camión en el que yo viajaba (si se le puede llamar así) se bajó enfurecida una señora gorda y con las uñas pintadas de rosa, a mentarle la madre al ferrocarrilero. La respuesta inmediata fue encencer los motores y avanzar en la dirección original. Esta vez pasaron veintiún vagones y sí; se detuvo otra vez.
A estas alturas la fila de vehículos era kilométrica. Cada quien haciendo sonar su claxon. Un bramido particular. Una barrera en la entrada de la ciudad. Desesperación.
Un motociclista sorteó el embotellamiento sólo para irse a parar, impotente, delante de los vagones detenenidos.
Y de nuevo, el ferrocarril regresando. Que se decida, ¿o va o viene?
En toda la historia de mis inmersiones y viajes camioneros, nunca me había tocado ver el tráfico entorpecido por los movimientos intempestivos de un tren en desuso. Pero me dieron ganas de que el ejercicio se repitiera ad inifinitum. Que el tren avanzara, se detuviera, regresara, se detuviera, volviera a avanzar, se detuviera...... Que lo hiciera siempre así para no tener que preocuparnos de otra cosa. Que la cita no importara, los frijoles se tatemaran, el niño no cagara y ningún marido se convirtiera en asesino. O que la señora gorda de las uñas rosas lo tomara de buena gana y se durmiera en el asiento trasero de su camionetota.
Pero no fue así. El ferrocarril despejó el área, hizo un poco de ejercicio. Todos encendieron sus motores, el camionero hizo rugir su máquina y avanzó como loco para llegar a Lerdo. El motociclista les ganó a todos, y la señora gorda segurito se rompió una uña por encender tan rápido su camioneta.
Y aquí vamos de nuevo.





