Para Roger Salinas
“Soy feminista radical y no tengo ningún empacho en decirlo, creo en ello y de hecho sueño con practicar cualquier clase de sangrienta actividad con tal de librar al mundo de la peste que personifican los hombres. Cuando digo radical, no me refiero a un tibio asomo de lucha por los derechos de las mujeres, ni mucho menos pienso en la igualdad de los géneros: esas son estupideces defendidas por matrices sin coraje y a veces pienso que creadas por testículos tontos, como una manera de tranquilizar a las primeras.
Mi sueño radical es poblar el mundo (o más bien dominarlo y construirlo) sólo con mujeres: fundar una nueva civilización en la que los hombres vivan recluidos en granjas especiales, de donde sólo se les saque para dar placer a las féminas dueñas de la tierra.
La operación es muy complicada, ya que tenemos que hacernos a la idea de que ningún varón se puede salvar, ni siquiera nuestros padres, hermanos, primos, tíos, abuelos ni mejores amigos: todos están cortados por la misma tijera, por lo tanto, todos son una bola de puercos testiculados que sólo andan viendo cómo llevarnos a la cama, para esclavizarnos (antes o al mismo tiempo: la operación es variable) a la cocina de una casa y a la insufrible tarea de soportar sus miserias cotidianas.
Asumo como una verdad irrefutable, que si no fuera por la revoltura de hormonas (los picos, los ciclos; los fregados ciclos), las mujeres tendríamos el control. Somos más fuertes tanto física como intelectualmente. Por el contrario, ellos son tan débiles que la tonta madre naturaleza tuvo que darles una defensa contra nuestra fuerza y, como no pudo hacerlos a ellos de otro material, nos debilitó a nosotras con los ataques de histeria, la lágrima fácil, el romanticismo a ultranza, la cursilería de miel y las hormonas reguladoras.
La gloria sería la sociedad femenina: los hombres mejor dotados serían criados en granjas especializadas gracias a las cuales, algunas elegidas podrían continuar con la especie humana, generando más mujeres y de vez en cuando un hombre semental para guardar el equilibrio. Igualmente, esos varones seleccionados serían utilizados como fuente de placer sexual, hasta que la inteligencia femenina inventara algún aditamento que nos hiciera libres también de esa humillante dependencia.
La verdad es que los hombres en esencia, sólo le sirven a la mujer para tres cosas: cargar bultos pesados, fregarle la existencia y fornicar (dar placer y perpetuar la especie). Aquellas ilusas que pretenden creer que el insecto que tienen a su lado es capaz de alguna otra cosa, no son más que entes alienados por un sistema creado por ellos para mantener el control. Dado que sólo son tres funciones básicas, si nos aplicáramos en el asunto sería fácil sustituir a esos engendros esclavizadores.
A la mayoría de la gente le puede causar repulsión mi idea, pero no estoy pidiendo nada que no sea justo: las mujeres hemos vivido tanto tiempo sometidas a la voluntad del macho dominante (o macho alfa), que sería interesante invertir los papeles. Finalmente, nosotras somos utilizadas también como objeto de placer. Objeto de consumo que sólo tiene utilidad mientras es joven y tiene la piel lozana. Madre nutricia y amante dispuesta que se puede ir al carajo cuando el mentado macho dominante encuentra un ejemplar mejor.
Así que, como verán, no pido nada del otro mundo, aunque en la praxis, mi utopía guarde su perenne característica de ser sólo un sueño guajiro e inalcanzable…”
El germen de esta teoría se incubó en mi ser cuando yo apenas iba en la escuela primaria y observaba el mundo con ojos de niña impasible. Desde pequeña entendí que todo está servido para los varones, que ellos pueden llegar con su pedante aire de suficiencia a servirse la tajada que deseen, mientras nosotras (las otras, las mujeres) nos quedamos mirando detrás de un firme cristal de prejuicios, normas, moral y lecciones de Manual de Carreño.
En esos tiempos, mientras a mí me gustaba leer y detestaba los nenucos (esos muñecos babeantes y horrendos que sirven para entrenar a las niñas en su futuro papel de madres sufridas), no tenía noción de la fuerza poderosa del sexo y lo que significa una vez que has crecido. Lo malo es que mis pechos, mi vientre, mis caderas y hasta mi mente, se transformaron definitivamente con el mentado coctel de hormonas que me hizo olvidar por un tiempo la semilla de mi teoría.
Pubertad y adolescencia, le llaman a esas etapas dolorosas en las que dejas el corpiño de florecitas para dar paso al incómodo bra. Cuando conoces la pena de plantarte en la farmacia para pedir unas toallas sanitarias (metidas en una bolsa negra por favor, no sea que los chicos me vean en la calle cargando esas cosas), desagradable paliativo al tiro de gracia que mes con mes nos regalan las hormonas. Tiempos en los que te ves en el espejo como una diva o actriz enajenada con su belleza, para descubrir y erradicar de un pellizco decisivo cualquier asomo de barro o imperfección en el cutis antes limpio. Época rosa en la que esperas que tu compañero de banca, ese que tanto te gusta, se decida a darte el primer beso, que sientes como un sapo helado, húmedo y desesperado al contacto con tus labios, que hasta entonces sólo estaban hechos para las nieves de limón.
En esos tiempos alborotados arrumbé mi teoría dentro de una caja de zapatos y me dispuse a descubrir las maravillas de la vida. Llegué a imaginarme felizmente casada con un hombre bueno, responsable y respetuoso, que me tratara como su igual y no como un banco para recargarse o un retrete para vomitar. Creía que el amor lo vence todo y que la familia es el pilar de la sociedad. Entonces conocí a Joaquín y me enamoré con la candidez e ingenuidad de la primera vez y también, como casi todas las primeras veces que pruebas algo, quedé enajenada y destrozada cuando concluyó que no quería seguir jugando con una niña once años menor que él, porque podía perder el futuro prometedor que auguraba su compromiso con una hija de familia rica. Así que mandó mi amor al diablo, del mismo modo simple y desparpajado con el que un día de desfile me tumbó en la cama de un motel, en cuyas sábanas dejamos embarrado mi himen y lo último que me quedaba de ilusiones y sueños de colores.
Entendí que todo lo contrario a mi teoría no eran más que patrañas, estupideces absurdas que el sistema mete en la cabeza de la gente para continuar con el engranaje fabuloso que sostiene a esta sociedad de mierda.
Dicen los que me vieron, que fue esa la etapa en la que me amargué definitivamente.
Con toda la furia de mis diecisiete años y cegada por la sal de lágrimas secas, busqué la caja de zapatos y recuperé el esqueleto polvoriento de mi teoría. Durante un tiempo considerable desdeñé cualquier posibilidad de encuentro cercano con el sexo opuesto, me encerré en un hermetismo de silencio y caricias no dadas, hasta que la rabia se fue tranquilizando aunque evidentemente, nunca del todo.
Desarrollaba la teoría y pasaba horas enteras soñando con la enorme pira en la que acabarían todos los hombres del planeta.
Desgraciadamente, un individuo no puede exiliarse por completo de la sociedad; estamos inmersos en el sistema y a menos que se tenga una férrea voluntad de eremita, no hay modo de escapar del molde. Pocas veces he comentado esto con alguien (ya que son de las cosas que no se dicen). Lo intenté sólo con algunas amigas cercanas, que creen ver en mi teoría una evidencia de mi rareza y optan por reír a carcajadas sin tomarme muy en serio. De los hombres mejor ni hablar: se alejan de mí y aunque lo agradezco y me vanaglorio de no necesitarlos, a veces las hormonas me juegan las clásicas malas pasadas y me veo necesitando el afecto de alguien, cariño que de entrada reconozco falso pero que podría iluminar al menos por un instante el sin sentido en el que vivo.
Ahora que he llegado a este punto, luego de haber confesado cosas que uno nunca dice en público, se podrán imaginar que doy una máscara especial a la gente que me rodea. No necesito un hombre a mi lado para ser feliz, es una de mis máximas; pregono a los cuatro vientos que no me pienso casar ni tener hijos (primero muerta que andar atendiendo a un marido), que los hombres son tontos y puercos y que no necesito arrumacos ni detalles de novios.
La verdad ya la saben si son un poco observadores. Así son las mujeres: expresan exactamente lo contrario de lo que realmente desean.
Se que podría vivir perfectamente con esta carga de no ser por dos cosas: el frío y el eco. Tengo frío a todas horas. Pero no es un frío común, como esos que te dan en esta ciudad cuando baja la temperatura a extremos casi increíbles y generadores de hipotermia. No es de ningún modo un frío corporal que se calma pausadamente en cuanto te pones una cobija encima. Es más bien como si el Señor Hielo se hubiera apoderado de todas mis vísceras y piel; una especie de vientecillo helado que arrecia aún cuando el sol está marchitando lentamente la última flor de un prado; una serie de escalofríos oscilatorios, traducidos en lágrimas que al salir de la órbita del ojo, se convierten en piedrecillas redondas, como de granizo.
El eco es otra cosa: es un espacio vacío, en el que el menor quejido provoca una respuesta idéntica pero tronchada por la mitad. No lo puedo relacionar más que con los cuartos de una casa vacía: justo cuando te posas en la esquina de una habitación y murmuras cualquier cosa, ahí está el Señor Eco que contesta paciente, como si hubiera esperado por siglos tu llamada. Sé que si alguien pusiera su boca pegada a la mía y gritara de repente con toda su garganta, mi interior viscoso le devolvería invariablemente su misma voz, la voz de un cuarto vacuo. Respuesta idéntica pero tronchada por la mitad.
Así deambulé: con el frío pegado a las suelas de los zapatos. Siguiéndome. Con el eco dispuesto, la sonrisa marchita, la amargura de años y la teoría de la caja de zapatos, cuando comencé a leer a Milan Kundera y conocí a Alejandro.
Tuve que leer La insoportable levedad del ser para mi clase de literatura. No me costó ningún trabajo ya que la lectura es para mí uno de esos raros placeres que sólo se disfrutan en soledad, y yo (evidentemente) estoy bastante propensa a ello.
El libro, además de parecerme profundamente revelador y cargado de un discurso filosófico capaz de cimbrar al más plantado, juega con un concepto denominado amistad erótica. Se supone que el protagonista (un doctor mujeriego, léase puerco) sostiene varias relaciones al mismo tiempo. La clave según él, es no involucrar sentimientos con esa otra persona: todo se reduce a un mero intercambio sexual que no deja más que olores, sabores y sensaciones que se borran en el instante en que se efectúa la higiene cotidiana.
Parecía cosa sencilla. Lo percibí como una manera de satisfacer las exigencias de una hormona latosa, sin poner en riesgo la esencia personal que no estaba dispuesta a entregar por segunda vez a ningún hombre en la galaxia.
Siempre he admirado la manera en que las situaciones se tejen gracias a ciertas agujas traviesas de azar, de casualidad. Una vez, ya no recuerdo cuándo, le dije a mi amigo Adolfo (un tipo con ojos de chícharo) que quería probar el pulque. El tejido casual quiso que una tarde me lo encontrara en los pasillos de la escuela, justo cuando se ponía de acuerdo con Alejandro para ir a tomarse un curado. Me invitaron. Aunque lo dudé bastante finalmente acepté; las evasiones etílicas son comunes en el mundo escolar.
Nos subimos los tres en el carro de Alejandro y llegamos a una construcción semiderruida que tenía pintas de haber sido un buen rancho hace muchos años. Había pulque, cervezas y comida. Despachaba una señora mayor: blanca, delgada y con la mirada sin malicia de la gente que lo sabe todo. El lugar era tranquilo; no había ninguna mujer (salvo la dueña) y los taxistas, albañiles y estudiantes que estaban ahí, me miraban extrañados. Me tomé un curado de guayaba y dos cervezas. No aguanto mucho alcohol, así que se entiende que al poco rato estaba dando tumbos por todo el terreno, mientras mis compañeros de viaje se afanaban en sostenerme. A riesgo de estamparnos contra el primer árbol o banqueta que encontráramos, regresamos a la escuela en cuanto ellos recordaron que tenían clase y se nos acabaron las ganas de seguir tomando; yo ya estaba mejor pero mi aliento me delataba. Llegamos a la institución del saber (¿quién se inventó un eufemismo tan ridículo?) y acompañé a los dos sujetos en cuestión a su clase. Iba metida en medio de ambos y los llevaba de la mano. Adolfo se metió al salón y yo me quedé afuera, con Alejandro, pegada al barandal que rodea el pasillo. De repente, volví a sentir el sapo helado, húmedo y desesperado invadiendo mi boca. Lo raro fue que no me retiré, vamos, el sapo no era tan desagradable. Después de un singular intercambio de besos, manos volátiles y palabras estrujadas, Alejandro me dijo (léase: me ordenó) que lo esperara a las ocho y media frente a la cafetería.
Supongo que me falló la voluntad (o estaba definitivamente ebria), porque le dije que sí y lo esperé. Salimos de la escuela sin decir palabra y nos subimos a su carro; él pensando no se qué (la verdad es que dudo que los hombres piensen) y yo con las ideas de Milan Kundera en la cabeza. Comenzamos a dar vueltas sin ton ni son, hasta que decidió buscar a un amigo para que le prestara las llaves de su departamento. Llegamos al lugar, en el que sólo había un colchón asqueroso arrumbado en una esquina y mucha basura tirada. De sobra se pueden imaginar lo que pasó. Yo iba con toda la intención de poner en práctica lo que se había convertido en una especie de ideología subterránea y encontré disponibilidad en Alejandro, así que me dejé llevar.
Terminamos semi dormidos y semi desnudos sobre el colchón, después de una desenfrenada serie de besos sin amor y caricias mecánicas que afortunadamente me dejaron al menos un orgasmo local.
Yo no pensaba decir nada, (¿para qué si todo estaba claro?), pero él comenzó un discurso que parecía saberse de memoria, en el que aclaraba que no quería nada en serio, que la situación se terminaba en el momento en que alguno de los dos lo quisiera así y que además, el “contrato” exigía discreción y disponibilidad. Dije a todo que sí porque me pareció más que perfecto. Pasó a dejarme a mi departamento, me bañé y ví claramente cómo el olor, el sabor y la sensación se fueron por la coladera del baño. Dormí como una santa.
El acontecimiento me pareció mandado a hacer. En primera porque como ya dije, tenía ganas de sacar del papel lo que el doctor de Kundera hacía en la novela y en segunda, porque me creí incapaz de enamorarme de alguien como Alejandro.
A todo esto, ¿de dónde salió este tipo? Bueno, yo lo conocía sólo de vista: durante un tiempo él fue novio de una compañera de la Preparatoria, así que en cuanto la saludaba a ella, lo saludaba a él, como dictan las buenas costumbres. Después cortaron su relación. Él se buscó otra novia (de la que se enamoró como loco) y seguimos saludándonos pero sin cruzar más que un hola.
Me creí inmune porque Alejandro es la completa antítesis de mi hombre perfecto. Quizá su facha era lo único que podría llamarme la atención: es uno de esos monitos que visten estrafalariamente y traen perforaciones por todos lados, tatuajes en las partes visibles (y en las invisibles) del cuerpo, una greña larga y despeinada y un tremendo aire de desolación que en ningún momento percibí como el culpable de una posible perdición.
A Alejandro no le gustan las cosas que a mí me gustan: no le gusta leer, le choca hablar de libros (claro, qué cuernos puede decir), le aburre la música tranquila y tampoco tiene una visión clara de qué hacer con su vida. Por el contrario, le gustan los videojuegos, ver la televisión, escuchar música estridente a todo volumen, tirarse a cuanta mujer (pieles, les dice) se le pare enfrente, jugarse el pellejo en carreras de carro y embriagarse cada tercer día, amén de comer tacos de tripa y ser incapaz de un solo pensamiento abstracto. Por todas estas razones, consideré que no podría involucrarme sentimentalmente con él y acepté continuar con la amistad erótica.
Las cosas fluyeron tranquilamente. Nos veíamos de vez en cuando. Ensayábamos una plática, a veces tomábamos cerveza y siempre, terminábamos exhaustos después de los maratónicos escarceos sexuales sin consumación (el muy inútil nunca llevaba condones).
Fue con él que probé por primera vez la marihuana. Estábamos en mi departamento y, luego de la ronda de cervezas, sacó de su mochila una bolsa de plástico transparente con una hierba seca que en un principio relacioné con el orégano. Cuando me dijo lo que era y me invitó a probarla no lo pensé (suelo intentar de vez en cuanto cosas descabelladas). Tomó un cigarro de la cajetilla que estaba sobre la mesa y comenzó a despegarle el filtro y sacarle el tabaco. Después, con una habilidad para mí pasmosa (no estoy diciendo que él fuera hábil, sino que era algo que yo nunca había visto) rellenó el tubo de papel con la hierba y lo enroscó en forma de churro. Cuando terminó, volteó a verme como para verificar que yo estuviera segura. Por toda respuesta busqué el encendedor y lo prendí. No sabía muy bien qué estaba haciendo, pero tenía ganas de comprender por qué hay tanta gente que se queda enamorada de la marihuana y habla de ella como la virgen de Guadalupe contemporánea, mientras describe los hipopótamos morados que vio durante el viaje.
Acerqué el encendedor a su cara y se puso en la boca el cigarro. Lo encendió y comenzó a jalarle como todo un conocedor, me lo pasó y le jalé también. Alternamos unas cuatro veces y al final se lo terminó con desesperación y aún a riesgo de quemarse los labios.
No ví hipopótamos morados por ningún lado. Tampoco me pareció la gran cosa. Lo único que verdaderamente recuerdo es que fallaron mis ya de por sí enfisémicos pulmones. Sentía un gran peso encima, como si estuviera acostada y sobre mí durmieran tres personas muy pesadas. No podía respirar, olvidaba hacerlo y tuve que obligarme a recordarlo porque de lo contrario, terminaría por ahogarme. Hubo instantes en que me sentí leve, volátil, flotando como en una nube de algodón de azúcar, libre pero con la paradoja del peso que no dejaba trabajar a mis pulmones. Comprendí como nunca a Milan Kundera. La levedad contra el peso.
La situación se tornó peligrosa en el momento en que me puse locuaz. Mentiría si digo que recuerdo con claridad qué fue lo que dije; toda esa noche, después del churro, ha quedado en mi memoria con una especie de velo, una neblina espesa que sin embargo, no borró de todo el entendimiento. Le dije a Alejandro que era un estúpido, que se la pasaba afirmando que era muy fuerte y no necesitaba de nadie cuando en realidad se estaba muriendo de rabia porque su novia (esa de la que se enamoró como un loco) lo había botado y ahora andaba con otro paseándose frente a sus narices. Le dije también que era un iluso y un mediocre que nunca haría nada bueno con sus amaneceres.
Él sólo me miraba asintiendo, como para hacerme entender que ya sabía todo eso y que no necesitaba que yo se lo repitiera. Entonces me puse sentimental y le conté sobre Joaquín y los sueños que se me fueron al carajo; de sus dedos largos y sus miradas profundas capaces de provocar sendos temblores de tierra. Le conté que cuando me dejó para instalarse definitivamente en lo que él llamaba su futuro, quise abrirme las venas con el cuchillo más filoso de mi casa (otra de las cosas que nunca digo); le enseñé las cicatrices que me quedaron de mis infructuosos esfuerzos.
Algo extraño sucedió. Nos miramos a los ojos, largamente, como reconociéndonos. Yo comencé a llorar.
A las seis de la mañana, Alejandro se vistió y salió del departamento sin despedirse. Me dejó tumbada en la sala. Desnuda. Sin lágrimas y con la mirada implorante de los platos vacíos. Me dormí.
Cuando desperté y traté de recordar lo sucedido, me venían las imágenes como en flashbacks de película, sólo que más confusos y dolorosos. Acepté toda la carga de mi soledad, toda la rabia acumulada por los años sin Joaquín y asumí la tremenda estupidez que representa la teoría de la caja de zapatos. Ya sin lágrimas y con la imagen seca de Alejandro junto a mí, dormí otra vez.
No fui a la escuela en toda la mañana. Por la tarde me enteré que Alejandro había estado buscándome, tal vez preocupado al imaginarme perdida definitivamente en el viaje. Cuando lo volví a ver, nos abrazamos como si nos quisiéramos y caminamos de la mano en busca de un lugar oculto para fumarnos un cigarro. En sus escuetas y torpes palabras, me dio a entender que el asunto se terminaba. Me puse muy mal y casi llorando (está bien: casi de hinojos y suplicante) di media vuelta con la intención de largarme de ahí. Me detuvo y dijo que las cosas no debían ser así, que ya no podía ocultar que había cruzado la barrera, que había violado los supuestos que barajó desde un principio. Acepté muy confundida que efectivamente, había cruzado la línea que divide el simple cuerpo de los sentimientos y que lo quería. Me abrazó. No entendí su actitud; no me mandó al diablo, sólo dijo que no debía ser así, pero ambos entendimos que la situación continuaría por tiempo indefinido.
Para esas fechas, ya mi rendimiento escolar era bastante mediocre: de ser una estudiante casi modelo, me conformaba ahora con pasar la materia y hacer los trabajos de cualquier modo, sólo por salir del paso. He de aclarar que siempre fue así, sólo que antes no tenía distracciones tan perturbadoras como ésta y mis calificaciones eran más satisfactorias.
Mis compañeros cuchicheaban extrañados sobre mi nuevo aspecto; unas ojeras profundas y cinco kilos menos. Nadie me comentó nada excepto Soledad, quien se enfureció al verme como estúpida por un hombre completamente opuesto al que se supone que quiero y merezco.
Siempre he creído que Soledad tiene una imagen demasiado romántica de mi persona: me admira porque cree ver en mí una especie de hada, fauno o cualquiera de esas cosas raras que habitan mundos de fantasía. Me cree etérea, capaz de volar, muy inteligente, sabia, paciente, cariñosa, responsable, trabajadora, feminista moderada, merecedora de todo y merecida por nadie, en fin, calificativos que no se apegan con nada a lo que realmente soy. Nunca le había dicho sinceramente mi opinión al respecto hasta que me regañó por mi conducta, como si fuera una hija que se sale del redil.
Con los ojos casi desorbitados por el coraje, Soledad me hizo un resumen de lo que yo había defendido a capa y espada como mi filosofía de la vida; dijo que no le entraba en la cabeza que yo quisiera a un tipo como Alejandro, que necesitaba urgentemente un psicólogo porque no era normal que siempre me enamorara del más patán y anduviera tan tranquila, que lo que estaba haciendo era repetir patrones y eso era una enfermedad mental. Me comparó con las mujeres golpeadas, que parece que atraen hombres golpeadores, mientras yo atraigo sólo a tipejos degenerados que me hacen sufrir. Exigió el fin del asunto, que mandara a Alejandro mucho al carajo y recuperara la cordura, me fajara los pantalones y respetara lo que siempre había pregonado.
Pidió cosas que no pude cumplir, que no quise hacer. La escuché pacientemente porque la quiero mucho, pero lo único que pudo conseguir fue que yo le dijera que nadie podía entender cómo es que las cosas se habían dado y cómo es que yo estaba metida hasta los codos en el fango morado de la desolación. Le expliqué de mil formas que Alejandro sí era un patán, pero no tanto como todos creían y que muy en el fondo era una persona noble y generosa; que yo no estaba esperando que él me quisiera, sino que simplemente éramos dos tipos profundamente terrenales en busca de una manera de vencer la soledad.
No le dije que Alejandro era para mí como un espejo.
Después de Soledad, hubo muchas personas que quisieron hacerme entrar en razón, pero a todas las dejé con la palabra en la boca porque Alejandro me estaba esperando y eso era mucho más importante que cualquier reproche que pudieran hacerme.
La situación continuó, aunque a últimas fechas Alejandro parece haber sufrido un cambio. Pequeño, pero cambio al fin. Una noche, en su carro, me dijo que él también estaba ya involucrado y que me quería. No mucho, pero me quería.
No quise tomarle demasiada importancia para no volar en otras dimensiones, aunque hubo un instante en que verdaderamente me preocupé. Estábamos sentados frente a frente y sin palabras, cuando se me salió decirle que tenía ojos de tortuga milenaria: irremediablemente surcados por las impertinencias de los husos horarios y las várices continentales. Él me miró extrañado y comenzó esa risita infantil tan suya, me besó la frente y no dijo nada.
¿Por qué esto es preocupante?, fácil: el hecho de poetizar sobre algún hombre es la primera señal que mi cerebro manda para avisar que me estoy enamorando. Me supe enamorada de Joaquín en cuanto desee verme ahogada en sus ojos de tres horas. Kundera dice que de una simple metáfora puede surgir el amor.
Ahora bien, Alejandro es el hombre que siempre tiene calor: es la única persona que sé capaz de salir sin chamarra a la intemperie en plena madrugada decembrina. Cuando está sentado frente a su computadora, pone junto a él un ventilador que trabaja a todo lo que da tratando de sofocar ese calor que nunca lo abandona. Es también el hombre de las manos pequeñas. Manos cuadradas con dedos cortos y maltrechos. Manos marcadas por peleas constantes y corajes sofocados contra una pared de tabiques rugosos. Manos que tocan con urgencia la piel de la piel en turno. La mirada es de abismo e infierno: de abismo profundo, atrayente, oscuro y misterioso; de infierno quemante, apasionado y perdido. Ya dije que los ojos que enmarcan esa mirada son de tortuga milenaria, de ser que ha visto muchas cosas, de gente grande que no se sorprende de nada. La voz es tranquila, acompasada y sujeta al ritmo cadencioso de sus cuerdas vocales. Tiene la melena larga y quebrada, de un negro que parece pintado, rebelde y esponjada, que lo hace lucir como un gran león de estepa africana. Alejandro es también de los hombres que no dicen nada; que se quedan callados esperando a que adivines, que te miran largamente intentando que comprendas las ideas que no pueden dejar salir con sonidos de su garganta. Tiene dos hermanas y unos padres que lo obligan a estudiar algo que no quiere, algo que no le gusta. Se sabe el único varón de su casa y como tal, lleno de miedo deduce que en un futuro que no le interesa que llegue, será el sostén de su familia y de sus hermanas descarriadas (como él).
Para no hacer el cuento largo, veo en Alejandro no sólo un pretexto fenomenal para perderme en un abismo e inventarme versos de torpe métrica y deslucidas rimas: veo en él a uno de los míos, de los que vivimos una vida subterránea que no se dice.
Estoy cansada. Ha sido extenuante el esfuerzo de la recapitulación, recordar una historia que se irá como todas, a la fosa común. Contarla a no se quién, pero contarla en voz alta.
Luego de pensar así sobre Alejandro, busqué debajo de mi cama la caja de zapatos y me deshice de ella: no tenía caso dejarla hacer bulto.
Mis amigos definitivamente no me reconocen y se han ido alejando de mí. Ya no voy a la escuela. Mis padres no lo saben pero perderé el semestre por mi impresionante cantidad de faltas y las espantosas calificaciones de la boleta. Ya tampoco me importa. Se me ha ido cayendo en pedacitos la imagen mental que una vez tuve de mí.
Probablemente sí repita patrones, sí busque de manera inconsciente la presencia de un macho patán; de un macho dominante que me haga sufrir, que me trate a golpes y luego tenga el gusto de acariciarme como si nada hubiera sucedido. Probablemente estoy instalándome en un laberinto peor que el del Minotauro. Probablemente me abandonaron definitivamente los sueños de colores y las fantasías que durante un breve tiempo se apoderaron de mi cabeza. Probablemente…
Tampoco importa. Me imagino que esto se llama sin sentido. Me dejo llevar sin mirar a dónde, como las vacas que caminan ignorantes al matadero en el que habrán de soltar un último gemido.
No lo sé.
Ya no quiero pensar.
No quiero levantarme de la cama.
Tengo ganas de hacer pipí, pero me dan tanta flojera los quince pasos que me separan del retrete, que terminaré por mojarme los calzones y las sábanas.
Alejandro está dormido a mi lado. Tengo la mano debajo de su cabeza y me ha puesto el brazo en la cintura. Dormido adquiere un matiz inocente y desenfadado, diríase que casi feliz. Lleva aquí tres días. Llegó borracho una madrugada, a contarme que sus padres lo habían corrido de su casa y que estaba harto de respirar. Dijo cosas que no tenía que decir, porque yo me las conozco todas al dedillo.
Desde que llegó nos acostamos a dormir y sólo cuando nos atacan las impertinencias fisiológicas nos levantamos de la cama.
De pronto se despierta y me hunde un poquito más en el abismo de sus ojos de tortuga, estruja otro poquito lo que me quedaba de ganas, de peso, de…
Qué flojera.
Las palabras antes fluidas me fallan.
Se me barren.
Se borran antes de haber siquiera rozado el aire.
Me muevo un poco para acercarme más al calor de Alejandro, tratando de mitigar el frío que traigo pegado en los huesos. El eco me abandonó hace tiempo: desde que Alejandro llenó un pedazo del vacío que poblaba el cuarto. Pensé en Joaquín. En cómo será su futuro feliz, sus años felices. Me pregunto si de vez en cuando se acuerda de mí por casualidad o curiosidad, por lo que sea, pero que se cuestione sinceramente sobre mi paradero. Lo dudo, aunque me emociona pensar que podría suceder. Sueño que llegará un día en que vuelva a pedirme perdón, a pedirme…
Se me escapa una tibia carcajada cuando recuerdo la teoría encerrada en la caja de zapatos. Qué tonto haber pensado que se podía burlar el destino para hacer con el propio respirar, algo diferente a lo que se designó para ti desde el principio.
Granjas de hombres. Qué risa, qué estúpido, que…
Distante. Qué distante lucen ahora las visiones terrenales de la que me creí ser, de lo defendido, de lo deseado.
Tengo sueño. He dormido varias horas alternativamente, porque estoy atenta a la respiración de Alejandro. Con el menor movimiento de su cuerpo despierto para verificar que no me haya abandonado, que no se me haya adelantado. Y mientras emprendemos el viaje que no tiene retorno (afortunadamente hay excursiones sólo de ida) lo abrazo y acaricio como hubiera hecho con un pedazo de hijo, con un trozo de carne inocente y no marcada aún por el signo del desconsuelo.
Ya no tengo ganas de llorar.
Mi vejiga ha entendido que no me voy a levantar, así que se vence lentamente, abriendo la puerta a una miserable cantidad de líquido.
No valía la pena caminar quince pasos.
Alejandro me besa a ciegas los ojos y la nariz. Se sabe junto a mí en la cercanía del abismo definitivo, del punto sin retorno en el que por fin podremos decir lo que nunca decimos y vivir una vida que no sea real ni subterránea, sino sólo nuestra.
Eso debe llamarse levedad.
No existe el peso.
Únicamente lo subterráneo.
Ya no tengo frío. Su aliento me arrulla. Su abrazo calienta uno por uno los pasillos y recovecos de mi cuerpo de veintiún años. Esperamos.