miércoles, noviembre 05, 2003

Espejo adiós

Hacía tiempo que no me miraba al espejo. Hoy, repito el gesto malsano de la autocontemplación: mis ojos grandes y cansados, casi azules de tanto llorar; las cejas precisas, rectas y negras por tanto polvo de oscuridad; la nariz recta que siempre he querido operar, roja de tanto paseo de papel; las orejas pequeñas, de vellitos de durazno y lóbulos mordisqueables; la boca pequeña y un tanto amorfa que millones de veces repasó tu lengua; el cuello delgado, eterno, al que tu barba cosquilleaba.
Quiero observarme así por un rato. Poner atención a esos detalles que decidiste echar a la basura. Entender cómo es que mis rasgos se fueron apropiando de tí, o viceversa. Mirar lo que tanto te gustaba mirar, lo que tanto te gustaba tocar, hasta que un día se hizo la nada.
Estoy ahora frente al espejo, después de mucho tiempo de no hacerlo: recuerda, me gustaban tus miradas, estaba saciada con ellas y no necesitaba mis propias pupilas en el rostro. Todo es perfecto, todo es estático, justo como lo quería. Justo lo necesario, para cortar de una vez y para siempre esta terquedad, con el filo llameante del cuchillo. En el cuello, será en el cuello.