jueves, noviembre 13, 2003

(inicio de otro cuento)

Cuando los vi entrar, pensé que se trataba de una de las alucinaciones que me dan por tanto calor. Tomé el abanico de la madrina y me fabriqué un airecillo espantamoscas, que sin embargo, no eliminó la visión. Pidieron en renta la cabaña más alejada, esa que está muy cerca de los pescadores y que a nadie le gusta utilizar porque la invaden los cangrejos. No traían equipaje, pero a leguas se notaba que eran pudientes, porque pagaron en efectivo y sin repelar, no como los otros turistas que siempre andan viendo cómo ahorrarse unos centavos. La madrina me dijo que preparara la cabaña mientras ellos esperaban en el comedor, refrescándose con las limonadas de la cocinera. Yo trabajo con mi madrina desde que tenía diez años, justo cuando mi mamá se escapó con un pescador, sólo para que se los tragara el mar. Mi papá entonces, repartió a todos los chamacos y se volvió a casar. Dicen que yo corrí con suerte, porque la madrina renta cuatro cabañitas y tiene su casa. No me acaricia nunca, pero al menos todos los días como pescado frito y cuando no hay mucho trabajo me deja ir a la playa a perseguirle el sonido a los caracoles. La madrina sólo se enoja cuando no obedezco de inmediato, así que primero fui al armario grande a sacar la ropa de cama, y luego me fui corriendo a la cabaña. No había mucho que hacer, ya que limpiamos cada tercer día cuando no hay huéspedes. Tendí las camas y saqué de la cocina a los cangrejos paracaidistas. A esta hora casi no hay ruido, porque los pescadores están esperando a los pescados tontos. Ya más tarde, regresan y comienza el barullo; si fue un buen día toman aguardiente y si fue un mal día...también toman aguardiente. Los pleitos son muy comunes y los huéspedes terminan por hartarse de los alaridos y los pasitos de los cangrejos. No dura mucho la gente aquí, por eso la madrina pone especial atención en que lo demás esté perfecto.

Cuando regresé con la madrina, me tocó guiar a los dos hombres. Son muy raros, tanto que los confundí con las visiones que me dan pesadillas. El negro es altísimo, apenas le llego arribita del ombligo. No tiene nada blanco, pues sus ojos son rojos y los dientes amarillos. Trae la cabeza rapada y anda con el pecho desnudo, como los pescadores jóvenes. Me da miedo. El otro es una cosita flaca, con la piel pegada a los huesitos. Es blanco, de pelo amarillo y boca fina. Me gustaron sus ojos, no porque tengan color de mar sino porque me recordaron a las ballenas. Tiene ojos de ballena nostálgica, esas que se vienen a morir de tristeza en las playas. Creo que está enfermo porque casi no habla ni se mueve, parece que se va a romper y el negro lo carga con cuidado y lo acuna en sus brazos como a un niño de meses.
El negro me siguió lentamente cargando a su compañero. No dijo una sola palabra y yo sentía su mirada clavada en mi espalda. Me dio más miedo y aceleré el paso. Cuando llegamos, dejó al señor ballena en un sillón de mimbre, mientras él iba a revisar las recámaras. Yo me entretuve espantando a los últimos cangrejos, sólo por ver las manos del señor blanco. Me gusta ver manos ajenas y tratar de adivinar entre los surcos, cuáles son los oficios y tristezas del dueño. Pude mirarlo a mis anchas porque se durmió de inmediato en el sillón:

(* Para variar: continuará....)