(inicio de otro cuento)
Cuando regresé con la madrina, me tocó guiar a los dos hombres. Son muy raros, tanto que los confundí con las visiones que me dan pesadillas. El negro es altísimo, apenas le llego arribita del ombligo. No tiene nada blanco, pues sus ojos son rojos y los dientes amarillos. Trae la cabeza rapada y anda con el pecho desnudo, como los pescadores jóvenes. Me da miedo. El otro es una cosita flaca, con la piel pegada a los huesitos. Es blanco, de pelo amarillo y boca fina. Me gustaron sus ojos, no porque tengan color de mar sino porque me recordaron a las ballenas. Tiene ojos de ballena nostálgica, esas que se vienen a morir de tristeza en las playas. Creo que está enfermo porque casi no habla ni se mueve, parece que se va a romper y el negro lo carga con cuidado y lo acuna en sus brazos como a un niño de meses.
El negro me siguió lentamente cargando a su compañero. No dijo una sola palabra y yo sentía su mirada clavada en mi espalda. Me dio más miedo y aceleré el paso. Cuando llegamos, dejó al señor ballena en un sillón de mimbre, mientras él iba a revisar las recámaras. Yo me entretuve espantando a los últimos cangrejos, sólo por ver las manos del señor blanco. Me gusta ver manos ajenas y tratar de adivinar entre los surcos, cuáles son los oficios y tristezas del dueño. Pude mirarlo a mis anchas porque se durmió de inmediato en el sillón:
(* Para variar: continuará....)





